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El pasado domingo 20 de mayo se culminó la sexta versión de un festival que se planteó esta vez 2 promesas básicas en su eslogan: la primera de ellas, ser escenario de encuentro y la segunda, contra viento y marea. No es gratuito que la organización del festival haya determinado fusionar estos dos aspectos en el slogan del festival, ya que nuestra Cali, la ciudad que tiene un lugar en la historia del desarrollo del teatro en América Latina, adolece de espacios de encuentro.
Notas al cierre del festival Un festival que se plantea ese reto, de entada merece el reconocimiento de quienes hicimos parte activa del mismo. Que nos hayamos encontrado o no ya no depende del festival, sino, a mi juicio, de la voluntad de reconocernos los unos a los otros. Prácticamente es imposible hablar de la posibilidad de encontrarnos cuando ni siquiera reconocemos la existencia del otro, otro distinto, que va en curso de otras búsquedas y comparte una misma pasión: hacer, vivir y sentir el teatro. La segunda promesa del slogan: “…contra viento y marea”, recoge 2 percepciones del panorama actual de la cultura en nuestra ciudad. El primero de ellos tiene que ver con el lugar de la cultura en la actual sociedad caleña. Tanto las instituciones oficiales como las privadas ven aún en la cultura un sinónimo de gasto y no de inversión. Por supuesto las manifestaciones de la cultura, como en el caso del arte, no son un verdadero ejemplo de rentabilidad en dinero contante y sonante, tal como ocurre en la industria del cine. Se trata, sin embargo, de descubrir los resultados de la inversión en el arte y otras manifestaciones culturales en campos más finos de las relaciones sociales de nuestra ciudad, como lo son: el sentido de pertencia, el acervo cultural, la posibilidad de diálogo, encuentro, recreación y simbolización de nuestras vidas. El viento y la marea de este festival fueron representados por esa actitud miope de considerar este evento como uno más de los gastos del municipio en el área de cultura, de recortar un presupuesto o de orientarlo por caminos específicos sin tener una visión que dimensione los alcances de este evento en nuestra ciudad. Porque ahora parece ser necesario aclarar que definitivamente sí, sí somos una ciudad, que ya no somos un municipio grande, ni somos la tercera, la segunda ciudad del país; simplemente somos ciudad y para poder impactar este territorio es necesario considerar que somos muchos más que unos años atrás, que la posibilidad de generar un ambiente de festival requiere competir con otros ámbitos en los que la ciudad se mueve: industrias como la rumba o el entretenimiento que inyectan buena cantidad de dinero y esfuerzo a impactar visualmente a una ciudad para ser reconocidos, para hacerse a un lugar y fortalecer el mito de Cali como capital de la rumba.
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