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Hemos gastado un montón de energÃa durante las últimas décadas en decir que el cine era el peor rival del teatro, la televisión del cine, los grandes acontecimientos deportivos del cine y del teatro, sin reparar en que hubiera sido mucho más sensato redefinir la personalidad de cada una de estas actividades.
17.08.2008 - CÉSAR OLIVA Tomado de: www.laverdad.es
DecÃa, dÃas atrás, que la crisis económica aparecida este año venÃa a incidir en la crisis de las artes de la representación. AludÃa entonces a los cambios experimentados en el siglo XXI en el cine y en la televisión, y dejaba para hoy los relativos al teatro, arte que, digámoslo sin ambages, apenas si significa algo para la ciudadanÃa en este principios de siglo. Hace apenas treinta años sà que incidÃa en la vida pública del paÃs. Hace cien, todavÃa más: era capaz de retrasar sesiones de las Cortes. ¿Qué ha sucedido en los últimos años para este paulatino declive? Tres argumentos aparecen como fundamentales a la hora de medir tal mudanza: la educación de la gente, las competencias entre las artes de la representación, y la entidad del teatro como arte minoritario. Empecemos por estos últimos, ya que el tema de la educación merece capÃtulo aparte. Hemos gastado un montón de energÃa durante las últimas décadas en decir que el cine era el peor rival del teatro, la televisión del cine, los grandes acontecimientos deportivos del cine y del teatro, sin reparar en que hubiera sido mucho más sensato redefinir la personalidad de cada una de estas actividades. Una vez advertido el problema, ¿para qué insistir en que la masa prefiere ver un partido a las diez de la noche en vez de ir a una obra de Ibsen? Eso es asÃ, y en paz. Pero, ¿todos? Aquà pasamos a otra de las cuestiones planteadas. Casi todos prefieren ver el fútbol en la tele, pero no todos. Es decir, hay una minorÃa que, al mismo tiempo que España ganaba a Alemania en un acontecimiento social, fueron a ver teatro en una plaza de Cáceres, en una sala de Logroño, o en diversos espacios del Festival de Almagro. Claro que no eran dieciséis millones de televidentes, pero ¿acaso han ido al teatro de una vez un millón de personas, o medio, o cien mil siquiera? Las competencias entre esos medios han desembocado en la victoria de la televisión y sus componentes subsidiarios: juegos interactivos, MPEG 3, MPEG 4, etc. etc., relegando a las minorÃas al teatro y, ya en buena medida, al cine. El cine venció en un momento dado al teatro, gracias a su facilidad de transporte, espectacularidad de sus escenas y baratura de sus localidades. Pero también el cine sucumbió ante la televisión, por la enorme versatilidad de ésta, que ha llegado a extremos sorprendentes. Sin embargo, cuando hablamos de televisión, no nos referimos ya a programas dramáticos o aquéllos que necesitaba del actor para su elaboración; en el momento en el que aparece un actor, un guión dramático y un procedimiento de elaboración que recuerde al cine o al teatro, el programa se suele emitir en horario intespectivo, si es que se programa. Los gustos han sufrido tales cambios que hasta las carreras de coches (actividad reservada a una selecta minorÃa) han pasado a ser seguidas por personas que jamás lo hubieran imaginado. Aquà tenemos un ejemplo de cómo un espectáculo pasa de minoritario a mayoritario por efecto de los nuevos tiempos. Pero estábamos hablando de que el viejo arte de la escena ha de resignarse a ser entretenimiento de minorÃas, sin sonrojo alguno, sin humillaciones, sin prejuicios. Las cosas son como son y en paz. Por otro lado, no debemos de olvidar que los mayores éxitos de la historia de la escena jamás alcanzaron cifras como las que se manejan en los nuevos tiempos. Estamos ante un arte de minorÃas que, ocasionalmente, se convierte (o se convertÃa) en un fenómeno de masas, pero de masas minúsculas, si lo comparamos con las que se meten en un partido de fútbol o en un concierto de viejo roquero. Un arte de minorÃas. Ese arte de minorÃas que siempre fue. Cuando Ortega publicó La deshumanización del arte (1925) necesitaba definir las minorÃas como público que gusta de unas vanguardias no aptas para todos. No es exactamente lo que pasa ahora, ochenta años después. Lo que pasa ahora es que, una vez que las vanguardias han sido relegadas al olvido más absoluto, el teatro ha ocupado su reducido espacio de minorÃas. El final del siglo XX se caracterizó por la irrupción de los espectáculos de masas, incluidos los deportivos, los cuáles, mediante la televisión, se han puesto al alcance de todos, es decir, de las mayorÃas. También algunos grandes festivales europeos se atreven a hacer grandes cifras con una Orestiada o un ostentoso Fausto, pero, no lo dudemos, a cambio de algo tan importante como la intimidad, la cercanÃa que muestra el arte escénico. Hoy dÃa, por ejemplo, es absolutamente normal ver a Macbeth con un inalámbrico pegado al rostro, lo que desvirtúa absolutamente el concepto de caracterización del personaje. Por más que se explique que es para que el público lo oiga mejor, nadie puede evitar que se adultere el concepto de drama. Y no sólo eso. Demuestra que el teatro necesita la distancia corta. Los teatros románticos, algunos con más de mil localidades, estaban pensados para que a los actores se los oyera hasta en la última fila del paraÃso. El teatro es hoy cosa para pocos, por mucho que nos guste que todos (funcionarios, profesionales liberales, profesores, tenderos, dependientes, deportistas ) fueran a ver comedias como la cosa más normal del mundo. Ya vemos que no. Normalmente van (vamos) los de siempre: una minorÃa.
Fuente:
http://www.laverdad.es/murcia/prensa/20080817/opinion/teatro-arte-minoria-20080817.html
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